Un domingo de historias ajenas
Parece que los domingos, con el buen tiempo, la ciudad, la que antes era mi ciudad, bulle de actividad. Son los domingos los días más tristes y también los que más curiosidad me provocan. Pasear entre la multitud que apenas posa sus ojos en mí es más doloroso, pero he encontrado el remedio (bastante pobre, lo reconozco) para mitigar los domingos.
Mi cafetería de siempre, ésa a la que voy cada día buscando respuestas que no llegan, tiene una terraza que los domingos se encuentra repleta de gente. En días como hoy me siento en una de las mesas metálicas y frías, captando las conversaciones de la gente que me rodea. Las escucho, las sigo, me imagino parte de esas vidas que estoy escuchando. Vivo a través de conversaciones ajenas historias que no son la mía y durante unos minutos me imagino cómo sería acercarme a una o a otra mesa, interrumpir la conversación, saludar y que me reconozcan, me saluden, quizás que me recriminen que llego tarde con una sonrisa y que me pregunten que qué quiero tomarme.
Pero cuando me levanto es para marcharme, con los ecos de esas historias que por unos instantes, en mi mente, me tuvieron a mí como personaje al menos secundario. Me levanto y me alejo con las manos en los bolsillos, caminando lentamente, hasta que los ecos son cada vez más débiles. Y se acaban apagando.
Buda dijo
Me encanta tu historia, Dante.
21 Mayo 2006 | 09:15 PM